the psychedelic camping:
a film involving the psychedelic muffins
and the psychedelic muffins crew
featuring Mari G (maybe) and other
psychedelic Floresta based
characters, in pure technicolor
a film involving the psychedelic muffins
and the psychedelic muffins crew
featuring Mari G (maybe) and other
psychedelic Floresta based
characters, in pure technicolor
prueba #98 de que google es mejor que dios
0 Comments anotó Diego el martes 4 de diciembre de 2007 a la(s) 16:06."y un saludo muy grande a la mamá de Ernesto" (III)
0 Comments anotó Diego el sábado 1 de diciembre de 2007 a la(s) 08:48.
Ya son difusos los recuerdos que guardo de esa fatídica tarde. Aun así, y por el bien del público, que yo sé (sí, claro) que está expecatante de nuestra historia, haré un esfuerzo por hacer el relato más vivido posible de las horas siguientes a entrar a la sala, que tuvieron velocidad, acción, tiros, explosiones, glamour, grasa, coca-cola, nicotina y "rocanrol, nene".
Si bien respiré tranquilo cuando llegué a la sala, la tranquilidad no iba a ser duradera, ciertamente. A enchufar todo de nuevo, sacar cosas de las fundas, afinar y muchos más etcéteras. Se ve que le caímos bien al tipo de la sala, o bien cuida su negocio, porque muy cortesmente nos ofreció cables, adaptadores, mariposas y demás objetos que son menester en la vida de cualquier rockstar de nuestro calibre. Una vez aceptado un cable que hacía falta para conectar el bajo, y que yo ajusté la correa de mi guitarra con un destornillador, también prestado por el gentilhombre de la sala, nos dispusimos a enchufar.
Marito había ya armado su batería, Diego conectó el bajo a un tremendo equipo Fender, creo, aunque no estoy seguro, Mateo su guitarra a un tremendo Marshall y yo conecté mi guitarra a un tremendo Peavey. Creo que mi guitarra junto a este modelo de amplificador no fue la mejor opción. Si mi guitarra ya tiene un perfil metalero, ese amplificador es puro metal, y la verdad que por el tono, no sonaba nada parecido a The Strokes. Tendríamos que tocar metal, ya se los decía yo... De cualquier manera, el ensayo siguió sin incovenientes. Una versión frenética tras la otra de I Hate to Say I Told So, de The Hives, y luego lo mismo, pero con 12:51 de The Strokes. Y luego intercalando, y luego Soma, de The Strokes también. Aclaremos que yo nunca había escuchado Soma, así que me sentí como si alguien lo hubiera compuesto. Fue muy genial el momento, y la verdad que no salía para nada feo. El caso es que la hora se fue volando, y tuvimos que volver a lo de Marito, para de ahí ir al Hotel del Prado, donde se realizaría el increíble, mágico, precoz y fantástico evento.
Sigo después
Si bien respiré tranquilo cuando llegué a la sala, la tranquilidad no iba a ser duradera, ciertamente. A enchufar todo de nuevo, sacar cosas de las fundas, afinar y muchos más etcéteras. Se ve que le caímos bien al tipo de la sala, o bien cuida su negocio, porque muy cortesmente nos ofreció cables, adaptadores, mariposas y demás objetos que son menester en la vida de cualquier rockstar de nuestro calibre. Una vez aceptado un cable que hacía falta para conectar el bajo, y que yo ajusté la correa de mi guitarra con un destornillador, también prestado por el gentilhombre de la sala, nos dispusimos a enchufar.
Marito había ya armado su batería, Diego conectó el bajo a un tremendo equipo Fender, creo, aunque no estoy seguro, Mateo su guitarra a un tremendo Marshall y yo conecté mi guitarra a un tremendo Peavey. Creo que mi guitarra junto a este modelo de amplificador no fue la mejor opción. Si mi guitarra ya tiene un perfil metalero, ese amplificador es puro metal, y la verdad que por el tono, no sonaba nada parecido a The Strokes. Tendríamos que tocar metal, ya se los decía yo... De cualquier manera, el ensayo siguió sin incovenientes. Una versión frenética tras la otra de I Hate to Say I Told So, de The Hives, y luego lo mismo, pero con 12:51 de The Strokes. Y luego intercalando, y luego Soma, de The Strokes también. Aclaremos que yo nunca había escuchado Soma, así que me sentí como si alguien lo hubiera compuesto. Fue muy genial el momento, y la verdad que no salía para nada feo. El caso es que la hora se fue volando, y tuvimos que volver a lo de Marito, para de ahí ir al Hotel del Prado, donde se realizaría el increíble, mágico, precoz y fantástico evento.
Sigo después
"y un saludo muy grande a la mamá de Ernesto" (II)
0 Comments anotó Diego el jueves 22 de noviembre de 2007 a la(s) 05:59.
Ahora sí, tomándonos un par de minutos para pensar qué hacer con el bajo, Diego suelta algo así como un valiente "yo toco el bajo, no hay drama". El problema era dónde conseguir un bajo, claro está, pero los Psychedelic Muffins somos unos tipos de recursos inagotables, y oh Dios que quería evitar el chiste fácil, pero casi como Macgyver(s). Presto Mateo, hizo un par de llamadas en su celular y tuvimos bajo. Un especial agradecimiento a Alexis y Mason de la banda susodicha, que facilitaron el instrumento. Ahora quedaba pasarlo a buscar, así que una vez pagada la sala y cargados los instrumentos en el auto de Mario, que se convertiría en nuestro hogar por las siguientes horas, salieron raudos y veloces hacia dondequiera que sea la residencia de Mason. Y digo salieron porque obligaciones er... maritales, que previamente me habían forzado a salir disparado de la sala dos cuadras, me obligaron a quedarme por esos lados, dada la falta de necesidad de mi presencia que tenía el resto. Sé que en el camino también recogieron otra guitarra la cual su propietario desconozco, pero también me gustaría agradecer, desde ya. ¡Gracias chabón! Esta parte de la crónica quedará a cargo exclusivamente del resto, dada mi ausencia, y que yo tampoco sé qué pasó, si hubo algo relevante. Por mi parte, no pasó de que me gritaran cosas por la calle.
Después de algo más de media hora, los Psychedelic Muffins me pasaron a buscar por donde estaba, ya con bajo y una guitarra extra, y con la voluntad de ensayar en otra sala. Es válido agregar que teníamos la energía y la agitación de una jauría de adictos a la merca casi casi casi con sobredosis. Y en ese estado partimos hacia una sala que da la casualidad de quedar en uno de los caminos que hago casi todos los días. Fuimos a probar suerte, realmente; no habíamos hecho una reserva previa, como se acostumbra, y creo que si nos decían que no había lugar íbamos a probar nuestra fuerza física contra la del pibe que estuviera atendiendo.
El auto se detiene a dos cuadras, por la subida, y yo salgo cual trompada de mongólico hacia la sala. Verme correr en plena enajenación se cuenta entre los diez espectáculos más cómicos de la creación, junto con Thom Yorke bailando Idioteque y Steve Vai arreglándose el pelito mientras toca Tender Surrender. Se me caían los pantalones, no podía mantener la postura, no podía mantener la línea recta, y a decir verdad, estaba muy cansando. Ahora, que yo golpee tu vidrio en pleno estado de enajenación, y que vos no esperes a nadie, debe dar bastante miedo, no se me ocurre como qué. No recuerdo si el empleado, o dueño, o persona a cargo dijo palabra alguna, o emitió algún sonido, pero en su cara había terror. El terror inquisidor al que se enfrentan las víctimas inocentes cuando se enfrentan a un enemigo de sobrenaturales características. "¿Tenés libre?" le grité, con mis mejores modales de gentleman inglés agitado y falto de sueño, a lo que el dependiente contestó con un tímido "Sí". Olvidando mis modales, le ordené que me esperara, que iba "a buscar a los chiquilines", porque así de imperativo soy, sí señor, y todo ese miedo impongo.
Veloz como una gacela lisiada, bajé la calle y empecé a cargar todo lo que tenía a mano, como hicieron los demás. Recién cuando entramos a la sala respiré tranquilo.
Sigo después, a no hinchar la pija que esto no lo lee nadie.
Después de algo más de media hora, los Psychedelic Muffins me pasaron a buscar por donde estaba, ya con bajo y una guitarra extra, y con la voluntad de ensayar en otra sala. Es válido agregar que teníamos la energía y la agitación de una jauría de adictos a la merca casi casi casi con sobredosis. Y en ese estado partimos hacia una sala que da la casualidad de quedar en uno de los caminos que hago casi todos los días. Fuimos a probar suerte, realmente; no habíamos hecho una reserva previa, como se acostumbra, y creo que si nos decían que no había lugar íbamos a probar nuestra fuerza física contra la del pibe que estuviera atendiendo.
El auto se detiene a dos cuadras, por la subida, y yo salgo cual trompada de mongólico hacia la sala. Verme correr en plena enajenación se cuenta entre los diez espectáculos más cómicos de la creación, junto con Thom Yorke bailando Idioteque y Steve Vai arreglándose el pelito mientras toca Tender Surrender. Se me caían los pantalones, no podía mantener la postura, no podía mantener la línea recta, y a decir verdad, estaba muy cansando. Ahora, que yo golpee tu vidrio en pleno estado de enajenación, y que vos no esperes a nadie, debe dar bastante miedo, no se me ocurre como qué. No recuerdo si el empleado, o dueño, o persona a cargo dijo palabra alguna, o emitió algún sonido, pero en su cara había terror. El terror inquisidor al que se enfrentan las víctimas inocentes cuando se enfrentan a un enemigo de sobrenaturales características. "¿Tenés libre?" le grité, con mis mejores modales de gentleman inglés agitado y falto de sueño, a lo que el dependiente contestó con un tímido "Sí". Olvidando mis modales, le ordené que me esperara, que iba "a buscar a los chiquilines", porque así de imperativo soy, sí señor, y todo ese miedo impongo.
Veloz como una gacela lisiada, bajé la calle y empecé a cargar todo lo que tenía a mano, como hicieron los demás. Recién cuando entramos a la sala respiré tranquilo.
Sigo después, a no hinchar la pija que esto no lo lee nadie.
"Y un saludo muy grande a la mamá de Ernesto" (I)
1 Comments anotó Diego el miércoles 21 de noviembre de 2007 a la(s) 04:26.
Ahora, unos días después de la masacre que resultó para mi cuerpo la primer presentación en vivo de los Psychedelic Muffins, esta vez sin su Velvet-Stuninng Ronguing Sound, me puedo sentar detrás de un escrito que no es el mío, y ciertamente tampoco la computadora que sobre él yace.
Los sucesos más importantes sucedieron el día sábado, aunque el viernes fuera otro día intenso, en donde empezó nuestra convivencia. El domingo, en el Living, Mateo me referiría lo siguiente: "¿No te das cuenta de que hace casi dos días que estamos conviviendo?", entre otras cosas.
Es mi deber, como buen cronista de nuestra banda, contar mi parte y nada más que mi parte de la historia, en honor a la verdad y otras mentiras de ese calibre. Entonces les cuento que mi sábado, lo que se dice sábado, comenzó a las 7:30 de la mañana, cuando llegué a casa luego de una noche agitada, que no involucró cosas relacionadas directamente con este colectivo musical, pero sí agitaciones. Me dormí cerca de las 9, dado mi insomnio, con mi celular al lado, alerta de cualquier evento que pudiera surgir en la mañana. Olvidado yo de que su vibración no me despierta, tuve el descuido de dejarlo en silencio. Me desperté a las 13:45, o por ahí, y ahí empezó mi día. Tenía dos mensajes por leer. Uno que decía "puedo ir al ensayo, ¿me pasás a buscar?", al que reaccioné preguntándome algo así como "¡¿PERO QUÉ ENSAYO?! YO NO TENGO NINGÚN ENSAYO", y otro que, más trágicamente decía "Ya estamos adentro". Este último era de Mateo, y si Mateo mi avisaba que estaba adentro a esa hora era porque estaba en una sala, y si me avisaba que estaba en una sala a mí era porque yo tocaba con él, y en 15 minutos tenía que estar ahí con él. "Mierda", pensé, y salté de mi cama.
Se sucedieron a mi corrida de la cama una serie de llamadas de teléfono. Bateristas, guitarristas, novias, números equivocados y llamados en espera, pero en 5 minutos estaba todo arreglado. Mario, el batero, me pasaba a buscar por casa con mis cosas, que había dejado la noche anterior en su casa, y nos íbamos prestos a ensayar a Babylon, de 2 a 4, como estaba convenido. Aquí es importante hacer un alto para hablar de nuestro estado de ánimo. Tomen cuatro pibes con mucha energía, poca experiencia, muchos nervios, y delen a uno de ellos una carga extra de nervios. Después agreguen a la mezcla un plazo de dos días para juntarse y armar un show no vergonzoso, y mezclenlo con un quinto pibe, este sí con experiencia, que ayuda a mantener la calma del resto, pero que avisa que no va a estar el mismo día. Llamenlo Ernesto y entenderán el título. Pongan muchas ojeras, delen a los que sí quedan dos guitarras, una batería y unos micrófonos, y llámenlos Diego, Diego, Mateo y Mario. Entonces, como resultado, tendrán a los Psychedelic Muffins a las 2 de la tarde del Sábado 17 de Noviembre de 2007. El bajo vendría en unas horas.
En la próxima entrega continuará el relato del resto del día.
Los sucesos más importantes sucedieron el día sábado, aunque el viernes fuera otro día intenso, en donde empezó nuestra convivencia. El domingo, en el Living, Mateo me referiría lo siguiente: "¿No te das cuenta de que hace casi dos días que estamos conviviendo?", entre otras cosas.
Es mi deber, como buen cronista de nuestra banda, contar mi parte y nada más que mi parte de la historia, en honor a la verdad y otras mentiras de ese calibre. Entonces les cuento que mi sábado, lo que se dice sábado, comenzó a las 7:30 de la mañana, cuando llegué a casa luego de una noche agitada, que no involucró cosas relacionadas directamente con este colectivo musical, pero sí agitaciones. Me dormí cerca de las 9, dado mi insomnio, con mi celular al lado, alerta de cualquier evento que pudiera surgir en la mañana. Olvidado yo de que su vibración no me despierta, tuve el descuido de dejarlo en silencio. Me desperté a las 13:45, o por ahí, y ahí empezó mi día. Tenía dos mensajes por leer. Uno que decía "puedo ir al ensayo, ¿me pasás a buscar?", al que reaccioné preguntándome algo así como "¡¿PERO QUÉ ENSAYO?! YO NO TENGO NINGÚN ENSAYO", y otro que, más trágicamente decía "Ya estamos adentro". Este último era de Mateo, y si Mateo mi avisaba que estaba adentro a esa hora era porque estaba en una sala, y si me avisaba que estaba en una sala a mí era porque yo tocaba con él, y en 15 minutos tenía que estar ahí con él. "Mierda", pensé, y salté de mi cama.
Se sucedieron a mi corrida de la cama una serie de llamadas de teléfono. Bateristas, guitarristas, novias, números equivocados y llamados en espera, pero en 5 minutos estaba todo arreglado. Mario, el batero, me pasaba a buscar por casa con mis cosas, que había dejado la noche anterior en su casa, y nos íbamos prestos a ensayar a Babylon, de 2 a 4, como estaba convenido. Aquí es importante hacer un alto para hablar de nuestro estado de ánimo. Tomen cuatro pibes con mucha energía, poca experiencia, muchos nervios, y delen a uno de ellos una carga extra de nervios. Después agreguen a la mezcla un plazo de dos días para juntarse y armar un show no vergonzoso, y mezclenlo con un quinto pibe, este sí con experiencia, que ayuda a mantener la calma del resto, pero que avisa que no va a estar el mismo día. Llamenlo Ernesto y entenderán el título. Pongan muchas ojeras, delen a los que sí quedan dos guitarras, una batería y unos micrófonos, y llámenlos Diego, Diego, Mateo y Mario. Entonces, como resultado, tendrán a los Psychedelic Muffins a las 2 de la tarde del Sábado 17 de Noviembre de 2007. El bajo vendría en unas horas.
En la próxima entrega continuará el relato del resto del día.
